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Recomendaciones musicales semana 15 (2026)

Te presentamos a un grupo excepcional de artistas que esta semana ha logrado algo poco habitual: conquistar al mismo tiempo a la crítica especializada y al público general. No se trata solo de popularidad momentánea, sino de propuestas sólidas, coherentes y con identidad propia.

Cada uno destaca por un lenguaje artístico bien definido, capaz de combinar técnica, riesgo creativo y una visión clara de hacia dónde quiere llevar su obra. Sus proyectos no se limitan a seguir tendencias; las cuestionan, las reinterpretan y, en algunos casos, las superan.

Hay innovación en la forma, profundidad en el contenido y una energía que se percibe desde el primer contacto con su trabajo. Son creadores que no buscan agradar a todos, sino generar impacto, provocar emoción y dejar huella. Si buscas talento auténtico y propuestas que realmente te muevan, este es el momento de descubrirlos.

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Lucifer’s Beard: identidad, ruido y artificio en “Beep Bop Robot”

En un contexto donde todo parece medido y optimizado, hay propuestas que recuperan el valor de lo imperfecto. “Beep Bop Robot”, el nuevo single de Lucifer’s Beard, se construye precisamente desde ahí: desde el error, la textura y lo imprevisible.

Detrás del proyecto está Christopher Barnes, que graba y produce desde su propio estudio con un enfoque claramente analógico. Válvulas, hardware externo y una ejecución casi artesanal dan forma a una canción que no busca pulirse, sino conservar su carácter.

Lo que empieza como un loop sencillo termina creciendo hasta convertirse en una pieza completa, con Barnes asumiendo todos los instrumentos en una especie de “banda” unipersonal. Ese proceso se siente: hay capas, detalles inesperados —incluso accidentales— y una energía que no está domesticada.

En lo conceptual, el tema apunta directo al presente: identidad digital, vigilancia y la sensación de que todos interpretamos un papel en un entorno hiperconectado.

En un mundo donde todos observan, ser uno mismo también se vuelve una actuación.

“Beep Bop Robot” no intenta ofrecer respuestas, sino incomodar desde la pregunta. Y lo hace desde un sonido que no es perfecto, pero sí profundamente humano.


Fauna: instinto, energía y crudeza en estado salvaje

No todo lo que suena ordenado está vivo. Fauna apuesta por lo contrario: un sonido que respira, que se agita y que no busca domesticar su propia energía. Desde Melbourne, la banda construye una propuesta donde el instinto pesa tanto como la forma.

Su música se mueve entre el indie rock y el garage revival, pero no como ejercicio de estilo, sino como impulso. Hay velocidad, hay tensión y, sobre todo, una sensación constante de movimiento, como si cada canción estuviera a punto de desbordarse.

Esa idea atraviesa también su identidad: un proyecto formado desde distintas procedencias, que encuentra en la mezcla su punto de partida. No hay un único paisaje sonoro, sino varios que conviven y chocan.

A veces la música no necesita control; necesita espacio para desatarse.

El resultado es un sonido que combina intensidad y un punto de melancolía, como un grito que no es solo energía, sino también emoción contenida.

Fauna no busca pulir sus aristas. Prefiere que se noten. Y ahí es donde empieza a ser interesante.


Saint Clare: crecer, incomodar y aceptar el cambio en “Everyone’s Old and No One Goes to Parties Anymore”

Hay caHay discos que celebran etapas y otros que las cuestionan. Everyone’s Old and No One Goes to Parties Anymore, el nuevo trabajo de Saint Clare, se sitúa en ese segundo lugar: un álbum que mira de frente al paso del tiempo sin intentar suavizarlo.

Escrito en gran parte durante la pandemia, el disco recoge esa sensación compartida de ruptura con lo anterior. Ya no se trata solo de hacerse mayor, sino de asumir todo lo que viene con ello: pérdidas, cambios, vínculos que se transforman y una cierta incomodidad que no desaparece.

Musicalmente, la banda construye un terreno híbrido donde conviven la new wave, el post-punk, el indie de los 2000 e incluso ecos del R&B noventero. No hay una única dirección, pero sí una coherencia clara: canciones que priorizan la emoción sobre la etiqueta, sostenidas por una voz que oscila entre lo contenido y lo desbordado.

Crecer no es perder lo que eras; es aprender a convivir con lo que ya no vuelve.

“Little Spark”, el single de adelanto, funciona como puerta de entrada a este universo, donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan sin necesidad de grandes gestos.

Saint Clare no intenta recuperar la juventud. Prefiere entenderla. Y desde ahí, construir algo nuevo.


Los del Fondo: del cover al carácter propio

No todas las bandas que empiezan versionando canciones consiguen dar el salto a un discurso propio. Los del Fondo sí lo intentan, y lo hacen desde un lugar bastante claro: el directo como centro de todo.

Su propuesta parte de algo reconocible —versiones de pop-rock de los 80 y 90— que funcionan como punto de entrada inmediato. Canciones que el público ya conoce, que no necesitan explicación y que activan esa conexión casi automática entre escenario y pista. Ahí no hay truco: hay energía y oficio.

Pero lo interesante aparece cuando dejan de mirar hacia atrás. En sus temas originales es donde la banda empieza a definirse, trasladando esa misma cercanía y actitud despreocupada a composiciones propias pensadas para funcionar en vivo. No buscan reinventar el género, sino habitarlo con naturalidad.

Conectar es fácil cuando todos conocen la canción; lo difícil es conseguirlo cuando ya es tuya.

Hay una intención clara: construir un proyecto sostenible, crecer paso a paso y convertir la música en algo más que un impulso puntual. Sin grandes artificios ni discursos forzados, Los del Fondo trabajan desde lo esencial.

Y en ese equilibrio entre lo familiar y lo propio es donde pueden encontrar su sitio.


ST.ART: más allá de la música, una experiencia que sucede

No todos los proyectos quieren ser entendidos. ST.ART tampoco parece necesitarlo. Su propuesta no se define como un directo electrónico al uso, sino como algo más difuso: una experiencia que se construye en tiempo real, donde lo importante no es la canción, sino lo que provoca.

El colectivo se presenta como un espacio de experimentación donde la música, la imagen y la percepción se mezclan. Hablan de “sintonizar el campo” más que de crear, de trabajar con energía, intuición y estados de conciencia en lugar de estructuras cerradas.

En lo sonoro, esto se traduce en un live set electrónico que prioriza la atmósfera sobre la forma, el viaje sobre el impacto inmediato. No hay una narrativa lineal, sino una sucesión de capas que se abren y se transforman.

A veces la música no se entiende; se atraviesa.

La puesta en escena refuerza esa idea: figuras enmascaradas, estética cuidada y una intención clara de romper la distancia entre lo que suena y lo que se siente.

ST.ART no busca encajar en una escena concreta. Prefiere moverse en los márgenes, donde la música deja de ser solo sonido y se convierte en experiencia.


Dani Massaad: teatralidad, identidad y vértigo en “Damien”

Hay artistas que escriben canciones y otros que construyen universos. Dani Massaad se mueve claramente en el segundo terreno. Su nuevo single, “Damien”, no es solo una carta de presentación, sino la puerta de entrada a un relato más amplio donde música, personaje y emoción se entrelazan.

El tema introduce a Damien Hellwig, su alter ego: una figura seductora, impulsiva y difícil de controlar. A nivel sonoro, “Damien” se apoya en guitarras directas, una tensión casi cinematográfica y una interpretación vocal que oscila entre lo delicado y lo desbordado, marcando ese contraste constante entre control y exceso.

La propuesta de Massaad bebe del rock clásico, pero lo expande con arreglos complejos y una ambición claramente escénica. No es casual: su formación y su experiencia en formatos que van desde bandas reducidas hasta orquestas completas se traducen en canciones pensadas para crecer más allá del estudio.

A veces no basta con ser uno mismo; hay que inventar otra versión para entenderse.

“Damien” forma parte de Ballroom Wasteland, un álbum conceptual y semiautobiográfico donde el artista explora identidad, salud mental y evasión. Con más de 30 músicos implicados, el proyecto apunta alto desde el inicio.

No es solo un debut. Es una declaración de intenciones.


Rädslan: reinterpretar la oscuridad sin perder su pulso en “Shadowplay III”

Revisitar un clásico nunca es un gesto inocente. En Shadowplay III, el dúo sueco Rädslan no se limita a versionar a Joy Division: lo descompone, lo traduce y lo reconstruye desde distintas perspectivas emocionales.

El EP gira en torno a una misma canción —“Shadowplay”— presentada en tres versiones: una reinterpretación en inglés, la ya conocida adaptación en sueco y un remix que empuja el tema hacia territorios más experimentales. No es una repetición, es un ejercicio de lectura múltiple.

Lo interesante está en cómo la banda mantiene el pulso post-punk original mientras introduce capas propias: atmósferas más densas, texturas cercanas al shoegaze y una sensibilidad que amplía el espectro emocional del tema. No buscan imitar, buscan dialogar.

Revisitar el pasado no es copiarlo, es preguntarse qué sigue vigente en él.

El proyecto, formado por Per Tilkku y Daniel Önnerlöv, parte de una base clara: emoción y sonido como un mismo lenguaje. Y en ese cruce es donde encuentran su identidad.

Shadowplay III no intenta reemplazar al original. Pero tampoco se queda a su sombra.


Ángel Calvo: habitar el desorden con honestidad en Todo es caos bajo las estrellas

No todos los regresos buscan ruido. Algunos llegan cuando tienen algo que decir. Ángel Calvo vuelve con Todo es caos bajo las estrellas, un disco que no intenta ordenar nada, sino entenderlo desde dentro.

Tras una etapa más silenciosa y alejada del foco, el cantautor reaparece con un trabajo construido desde la independencia total, bajo su propio sello y una lógica DIY que se nota en el resultado: un álbum libre, sin concesiones y profundamente personal. Aquí no hay artificio, hay proceso.

El disco se mueve entre registros —de lo acústico a lo eléctrico, de lo íntimo a lo más abierto—, pero mantiene una coherencia clara: mirar de frente al caos cotidiano. Canciones como “El tiro”, “LODVG”, “Pan y Rosas” o “Kioskeras” trazan un recorrido emocional que va del hastío a la ironía, de la memoria al intento de reconstrucción.

No se trata de ordenar el caos, sino de aprender a convivir con él.

Hay sátira, hay confesión y hay una mirada urbana que evita caer en el dramatismo fácil. Musicalmente, el álbum transita entre el folk, la canción popular y ciertos matices orquestales sin perder una identidad propia.

Todo es caos bajo las estrellas no busca respuestas cerradas. Funciona más como un mapa: imperfecto, fragmentado, pero honesto. Y ahí está su valor.


Compro Oro: urgencia, rabia y refugio en “Nuevo Imperio”

Volver no siempre es repetir. A veces es apretar más fuerte. Compro Oro regresan con un tercer disco homónimo que no busca transición, sino impacto: diez canciones directas, sin rodeos, que refuerzan su identidad desde el mestizaje y la actitud.

Producido por Diego Escriche (La Plata), el álbum se mueve entre el rock, el pop, el noise y el post punk, con incursiones puntuales en lo urbano. Una mezcla que no pretende ser equilibrada, sino viva. Porque lo que sostiene todo es ese pulso propio, esa “alma cañí” que convierte la diversidad en coherencia.

“Nuevo Imperio”, tercer adelanto, condensa bien esa idea. Una canción protesta que no disimula su incomodidad frente al presente: precariedad, deshumanización y una sensación constante de desgaste. Pero no se queda en la queja. Hay también un gesto de resistencia, una búsqueda de refugio en lo cercano.

Cuando todo empuja hacia fuera, resistir también es quedarse en lo que importa.

Musicalmente, el tema acelera: ritmo tenso, actitud punk y una energía que no da espacio a la indiferencia. No hay contemplación, hay urgencia.

Compro Oro no suavizan el discurso. Lo convierten en canción. Y ahí es donde gana fuerza.


D’Baldomeros: una década de pulso y baile en Bitácora 3.0

Hay proyectos que se explican y otros que se perciben. La Choze pertenece claramente al segundo grDiez años no se celebran mirando atrás, sino demostrando que hay camino por delante. D’Baldomeros lo hacen con Bitácora 3.0, su tercer disco, un trabajo que no busca reinventarlos, sino afianzar todo lo construido durante una década de escenarios.

La banda granadina mantiene intacta su fórmula: un cruce natural entre rock y electrónica al que suman matices disco y funk, generando un sonido pensado para el movimiento. No es solo una cuestión estética, es una forma de entender la música desde el directo, donde su propuesta encuentra su sentido completo.

El álbum, compuesto por siete temas, recoge esa evolución sin perder identidad. Dos líneas de producción diferentes —con nombres como Carlos Díaz, Banin o “Indio”— se integran en un conjunto coherente que prioriza la energía sobre la uniformidad.

Crecer no es cambiar de rumbo, es afinar lo que ya te define.

A lo largo de su trayectoria, D’Baldomeros han construido una base sólida de directo, pasando por festivales y escenarios que han ido moldeando su carácter. Esa experiencia se traduce en canciones que no solo funcionan en escucha, sino que piden espacio en vivo.

Bitácora 3.0 no es un punto final. Es una confirmación: la de una banda que sabe quién es y cómo quiere sonar


La imperfección como lenguaje en sssiv 2

No todo lo que suena limpio es real. En sssiv 2, el trío danés-americano sssiv apuesta justo por lo contrario: dejar que la música respire, se equivoque y se construya en el momento.

Formados por Sara, Stephen y Sasha, el proyecto se mueve entre el dream-pop, la neo-psicodelia y el indie folk, pero sin anclarse en ninguna etiqueta concreta. Su punto de partida no es el género, es el proceso: improvisación, escucha y confianza mutua como base de cada canción.

Trabajando con una instrumentación mínima —guitarra, bajo, batería y voces—, el trío construye piezas que crecen desde lo orgánico: drones, capas, armonías vocales y texturas que no buscan perfección, sino presencia. Aquí lo importante no es cerrar las canciones, sino mantenerlas vivas.

A veces lo más humano de una canción es aquello que no se puede controlar.

Aunque este nuevo EP introduce una producción más cuidada, con la colaboración de Benedicte Pierleoni, el núcleo sigue intacto: grabar en directo, capturar el momento y dejar espacio al accidente.

sssiv 2 no es un ejercicio de estilo. Es una forma de trabajar. Y, sobre todo, una forma de entender la música como algo que ocurre, no que se fabrica.


HOONINE: cuidar lo que se rompe en “Ya no duele”

No todas las heridas desaparecen; algunas simplemente dejan de doler. “Ya no duele”, el nuevo single de HOONINE, parte de esa idea para construir una canción que no busca dramatizar, sino entender el desgaste emocional desde un lugar honesto.

La artista murciana vuelve a su terreno natural: una electrónica suave, atmosférica y contenida, donde cada elemento parece colocado para no invadir. Sintetizadores, guitarras y una base cercana al UK garage ralentizado se combinan en una producción que avanza sin prisa, casi suspendida.

El tema gira en torno a una realidad muy reconocible: relaciones que se enfrían no por falta de interés, sino por falta de tiempo. Ritmos de vida incompatibles, distancia constante y la sensación de no poder sostener lo importante como antes.

A veces no duele menos porque haya pasado; duele menos porque ya no puedes sostenerlo.

La voz, cercana y sin artificio, actúa como hilo conductor de una canción que crece desde lo íntimo, sin necesidad de explosiones ni giros forzados.

“Ya no duele” confirma el momento de HOONINE: una propuesta que no necesita elevar el volumen para impactar. Le basta con acercarse.


The Silver Bars: avanzar a contracorriente en “Headwind”

No todo crecimiento es cómodo. A veces implica empujar contra algo que no cede. “Headwind”, el nuevo single de The Silver Bars, se construye desde esa sensación: avanzar, pero con resistencia.

La banda británica, que ha ido consolidando su nombre en el circuito indie con un directo potente, presenta aquí un tema más contundente de lo habitual. Guitarras con más peso, una base rítmica firme y melodías que mantienen ese carácter accesible, pero con un trasfondo más afilado.

Producida por Ant Chapman, la canción combina ese equilibrio entre lo inmediato y lo reflexivo. No renuncia al gancho, pero introduce una mirada más consciente, casi crítica, sobre el entorno que la rodea.

Avanzar no siempre es ir más rápido; a veces es resistir sin detenerse.

“Headwind” funciona también como declaración de intenciones. Un paso adelante en sonido y actitud que anticipa lo que será su debut largo, previsto para 2026.

The Silver Bars no buscan reinventarse de golpe. Prefieren tensar su propia fórmula. Y en esa tensión es donde empiezan a crecer.


D.D.R.: no conformarse como forma de resistencia en “Anything Less Than More”

Hay canciones que nacen en un instante y otras que necesitan años para encontrar su forma definitiva. “Anything Less Than More”, de D.D.R., pertenece a las segundas. Lo que comenzó como una idea aislada en 2012 termina convirtiéndose en un himno construido con tiempo, oficio y una convicción clara: no aceptar menos de lo que uno merece.

El proyecto de Stephen Paul se mueve en el terreno del rock de estadio con raíces en los años 80, pero sin quedarse en la nostalgia. Guitarras expansivas, ritmo constante y un estribillo diseñado para ser coreado convierten la emoción en algo colectivo.

El núcleo del tema es directo: el momento en el que entiendes que conformarte también es una forma de perder. A partir de ahí, la canción transforma la ruptura en afirmación, el desgaste en decisión.

No conformarse no es orgullo; es reconocer lo que realmente importa.

La producción equilibra contención y explosión, permitiendo que la canción crezca de forma natural hasta su punto más alto. No hay exceso gratuito, hay construcción.

“Anything Less Than More” no es solo una balada potente. Es una postura. Y en ese gesto encuentra su fuerza.


KOYOT: conciencia, vigilancia y despertar en “Big Brother”

Hay canciones que nacen rápido y otras que necesitan tiempo para encontrar su forma. “Big Brother”, el nuevo single de KOYOT, pertenece a las segundas. Un tema que ha ido creciendo durante años hasta convertirse en una reflexión directa sobre el presente.

Inspirada en 1984 de George Orwell, la canción no se limita a reinterpretar su mensaje: lo traslada a un contexto actual donde la desconexión —de la naturaleza, de lo esencial, de uno mismo— se vuelve cada vez más evidente.

El proyecto, liderado por Wade Lavallee junto a Donavin Logan, se construye desde la experiencia. El proceso de creación, marcado por etapas de trabajo en entornos naturales y largos periodos de desarrollo, se filtra en el sonido: una sensación orgánica, casi reflexiva, que evita la urgencia superficial.

A veces no hace falta mirar lejos para entender que ya estamos siendo observados.

“Big Brother” no busca impacto inmediato. Propone detenerse, escuchar y asumir lo incómodo. Una canción que no solo se oye, se procesa.

KOYOT no grita el mensaje. Lo deja caer. Y eso lo hace más difícil de ignorar.


Awake & Dreaming: convertir la duda en impulso en “Something to Believe In”

No todas las canciones nacen fuertes. Algunas se reconstruyen. “Something to Believe In”, de Awake & Dreaming, es precisamente eso: un tema que vuelve a la vida con más peso, más claridad y una intención aún más marcada.

La banda canadiense retoma su single y lo rehace desde la base, apostando por una producción más contundente que potencia su esencia: guitarras en expansión, pianos que equilibran la tensión y una progresión que crece hasta desbordarse. Lo que antes era urgencia, ahora es determinación.

El núcleo de la canción sigue intacto: la lucha contra la duda, contra la sensación de no ser suficiente. Pero en esta nueva versión, ese conflicto se transforma en algo más activo. Ya no es solo una pregunta, es una exigencia.

Creer en algo no siempre llega solo; a veces hay que construirlo desde la duda.

El videoclip refuerza esa idea desde lo visual: un recorrido en soledad donde los mensajes de otros se convierten en impulso… hasta que dejan de aparecer y toca escribir el propio.

“Something to Believe In” no es solo un relanzamiento. Es una reafirmación. Una forma de decir que seguir adelante también es una decisión.


The H Case: naturaleza, emoción y deriva en “Daffodils”

Hay canciones que buscan explicar el mundo y otras que prefieren sentirlo. “Daffodils”, el primer single de The H Case, se sitúa en ese segundo terreno: una pieza que no avanza en línea recta, sino que se deja llevar entre emociones, paisaje y pensamiento.

Inspirada en el imaginario romántico —con ecos de William Wordsworth—, la canción explora la confusión entre amor, contemplación y conexión con la naturaleza. Pero no se queda en la referencia clásica. La banda introduce una mirada contemporánea, cercana a la idea de “reconectarnos” con el entorno en un contexto donde esa relación se ha debilitado.

Musicalmente, el tema se construye desde la amplitud: capas instrumentales, polifonía vocal y una estructura que respira, alejándose de lo inmediato para apostar por el recorrido. Hay rock, pop, folk y psicodelia, pero todo al servicio de una sensación más que de un género.

A veces entender lo que sentimos pasa por detenerse a escuchar lo que nos rodea.

“Daffodils” no busca impacto rápido. Propone una experiencia más lenta, más abierta, donde la emoción se filtra poco a poco.

Un primer paso que no impone, sino que invita.


Rewild: volver no es repetir, es reconstruirse en “In My Way”

Hay regresos que suenan a nostalgia y otros que suenan a necesidad. Rewild pertenece a los segundos. Tras una década de silencio, el proyecto liderado por Corrado Mandoli reaparece con “In My Way”, un single que no mira atrás, sino que reinterpreta todo lo vivido.

La canción se mueve en el terreno del rock alternativo con ADN noventero: riffs pesados, estribillos amplios y una tensión emocional que atraviesa toda la estructura. Pero lo interesante está en el fondo: una lucha interna tras una ruptura, donde orgullo, arrepentimiento y resistencia conviven sin resolverse del todo.

El propio proyecto refleja ese proceso. Lo que fue una banda activa entre 2012 y 2015 —con escenarios junto a Iggy and The Stooges— se transforma ahora en una propuesta más personal, más directa, donde la experiencia pesa tanto como la urgencia de volver a decir algo.

Volver no es retomar donde lo dejaste, es entender quién eres ahora.

“In My Way” abre una nueva etapa que desembocará en un álbum a lo largo de 2026, acompañado de más lanzamientos y el regreso al directo. Pero más allá de la planificación, hay una sensación clara: esto no es estrategia.

Es necesidad. Y por eso funciona.


Wild Yams: poder, caos y tensión en “Ivan’s Reign”

El poder rara vez se muestra de forma neutra. “Ivan’s Reign”, el nuevo single de Wild Yams, parte de esa idea para construir una canción que combina nervio instrumental y carga simbólica. No es solo un tema de math rock: es una narración sobre la corrupción y la pérdida de control.

Inspirada en la figura de Iván el Terrible —y en la lectura política que rodea su representación—, la canción traza un recorrido desde la gloria inicial hasta el colapso absoluto. Ese descenso se traduce en lo musical con estructuras tensas, cambios dinámicos y una sensación constante de inestabilidad.

Hay un diálogo claro entre generaciones: por un lado, la complejidad rítmica y técnica del math rock; por otro, la energía directa heredada del punk de los 90. Esa mezcla evita que la canción se quede en lo cerebral. Aquí hay impacto.

El problema del poder no es alcanzarlo, sino lo que hace contigo cuando dejas de cuestionarlo.

Con colaboraciones técnicas de alto nivel y una producción cuidada, “Ivan’s Reign” refuerza la identidad de Wild Yams como una banda que no se conforma con sonar bien. Necesita decir algo.

Y cuando lo hace, lo hace con tensión.


Moth & The Firebrands: crudeza poética y vértigo emocional en “Cervo Malade”

No hay intención de suavizar nada. Cervo Malade, el primer EP de Moth & The Firebrands, se presenta como un descenso directo a zonas incómodas: pensamientos extremos, emociones desbordadas y una escritura que no busca refugio en lo decorativo.

El proyecto, nacido en 2022, combina la intensidad del grunge y el noise rock con una tradición lírica más cercana a la canción francesa. Esa mezcla se traduce en una propuesta donde la música empuja y las palabras golpean. No hay separación entre ambas cosas.

A lo largo de sus seis cortes, el EP transita por obsesiones, violencia latente, amor reconstruido y adicción. Temas como “Doléance”, “Le Venin” o “Hélène” funcionan como fragmentos de un mismo estado emocional: una mente en tensión constante, una necesidad de decir incluso cuando incomoda.

Hay verdades que solo aparecen cuando dejas de intentar suavizarlas.

El enfoque lo-fi del sonido refuerza esa sensación de cercanía y crudeza, como si todo estuviera ocurriendo demasiado cerca. No hay distancia, no hay filtro.

Cervo Malade no es un debut complaciente. Es una declaración. Y llega con la intención de dejar marca.




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Totana, 1984. Crecí entre cassetes de los Pecos y Fórmula V. Mis oídos se curtieron a base de Rap, Rock, Shoegaze o Metal, y me muevo sin problema del Indie a la copla o del Thrash a la clásica. Al final, no importa el género: lo que cuenta es que la canción merezca la pena. Formo parte del sello murciano La Semilla Mgmt, donde trabajo como consultor y social media, ayudando a grupos emergentes a crecer y a darle chispa a su comunicación digital. Mi otro yo se dedica al marketing y también escribe: publiqué dos novelas, La luna roja de Siberia y Omega, el ángel caótico. Soy fan declarado de la peor ciencia ficción, devoro pelis de serie Z y colecciono vinilos de forma compulsiva: de Nino Bravo a Marilyn Manson. Para mi madre, sigo siendo “un caso perdido”