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Recomendaciones musicales semana 6 (2026)

Te presentamos a un grupo sobresaliente de artistas que esta semana ha cautivado tanto a la crítica como al público. Con estilos propios, propuestas innovadoras y una energía contagiosa, cada uno de ellos promete hacerte vibrar con su talento.

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LeVERSE: escribir el amor como quien aprende a respirar

LeVERSE continúa desvelando las páginas de El diario del agua con Amaia, segundo adelanto de un disco que se construye desde la intimidad y la coherencia emocional. Lejos de buscar impacto inmediato, la canción se instala en un tempo sereno, donde cada elemento parece colocado con cuidado, como si el silencio también formara parte del relato.

Amaia se mueve en un terreno alternativo e introspectivo, sostenido por una producción delicada que deja espacio a la palabra y a la textura. La canción habla de vulnerabilidad y de la dificultad de expresarse sin miedo, proponiendo una forma de amor que empieza hacia dentro y se proyecta hacia fuera. Las imágenes ligadas al agua y a la respiración funcionan como metáforas emocionales, reforzando esa sensación de calma frágil que atraviesa todo el tema.

Dentro del concepto de El diario del agua, concebido como un cuaderno personal donde cada canción actúa como una entrada emocional, Amaia destaca por su luz contenida. No es una canción expansiva, sino reflexiva, y precisamente ahí encuentra su fuerza. Todo parece orientado a acompañar más que a imponer, a sugerir más que a explicar.

La portada del single, firmada por Antonia María Sánchez, madre del artista, añade una capa adicional de sentido al proyecto. La imagen, frágil y etérea, dialoga de forma directa con el sonido y con la idea de lo íntimo como refugio. En lo musical, la producción vuelve a correr a cargo de Carlos LeVERSE, con la colaboración de José Cuidad a la batería y Juanjo Ruiz en la guitarra solista, reforzando ese carácter orgánico y cercano.

Hay canciones que no quieren ser entendidas del todo, sino sentidas como un gesto de cuidado.

Amaia confirma que LeVERSE está construyendo un disco que no se mide por singles aislados, sino por la suma de emociones pequeñas, honestas y profundamente humanas.trar una nueva voz propia.és.

The Sand afianza su etapa en castellano con «Joder, qué dolor»

The Sand continúa afianzando una transformación que va más allá de lo musical. Tras dos discos en inglés y una trayectoria que les llevó a colgar el cartel de sold out en varias salas y a obtener reconocimiento internacional, la banda murciana ha decidido mirarse de frente en su propio idioma. Joder, qué dolor es el nuevo adelanto de su próximo álbum en castellano y confirma que este cambio no es circunstancial, sino profundamente creativo.

La canción se mueve en un indie rock oscuro e introspectivo, donde la letra ocupa un lugar central. Frases como “cómo quererte si me cuesta quererme” no funcionan como eslogan, sino como núcleo emocional del tema. Hay fragilidad, contradicción y una exposición directa que parece haber encontrado en el castellano el espacio adecuado para desplegarse sin filtros. Tras Ilumíname, este nuevo single refuerza la sensación de que The Sand ha abierto una puerta que no piensa cerrar.

Musicalmente, el grupo mantiene una identidad sólida, apoyada en atmósferas densas y una tensión contenida que acompaña el discurso emocional. El cambio de idioma no diluye su personalidad, sino que la concentra, acercando las canciones a una escucha más íntima y directa. Esa cercanía se ha traducido también en una notable acogida dentro del panorama nacional, consolidando una trayectoria que ya había sido reconocida fuera de nuestras fronteras.

Hay veces en las que cambiar de idioma no es un giro estético, sino una forma de atreverse a decir lo que antes no se podía.

Finalistas en certámenes como el International Songwriting Competition o el UK Songwriting Contest, y ganadores del premio a Mejor Canción de Rock Europeo en los InterContinental Music Awards, The Sand afronta ahora esta nueva etapa con una madurez que se percibe en cada decisión.

Con Joder, qué dolor, The Sand confirma que su nueva etapa en castellano no busca comodidad, sino verdad. Un paso firme hacia un disco que promete seguir explorando las grietas emocionales con honestidad y carácter.


Manitou: energía en bruto como forma de afirmación

Manitou entiende la canción como un espacio de descarga. Su propuesta se apoya en la potencia, en el empuje rítmico y en una actitud que no busca rodeos ni matices innecesarios. Todo en su música apunta a lo directo: una energía frontal que se sostiene en guitarras firmes, un pulso insistente y una voluntad clara de impactar desde el primer momento.

La canción funciona como un bloque compacto, pensada para avanzar sin pausas y sin concesiones. No hay intención de suavizar el golpe, sino de hacerlo efectivo. Manitou apuesta por una intensidad constante que transforma la urgencia en motor y la fuerza en lenguaje, construyendo un tema que se apoya más en la fisicidad que en el discurso explícito.

Ese enfoque convierte la escucha en una experiencia casi corporal. La música no se limita a sonar: empuja, arrastra y obliga a mantenerse dentro del ritmo. Es una forma de entender el rock —o la energía amplificada— como algo que se vive más que se analiza, donde la potencia no es un recurso estético, sino una necesidad expresiva.

Hay canciones que no quieren convencer a nadie: existen para liberar lo que llevaba demasiado tiempo contenido.

Manitou se sitúa ahí, en ese punto donde la intensidad no se negocia y la canción se convierte en un gesto claro, honesto y sin adornos. Una propuesta que confía en la energía como mensaje suficiente.


Lero: un reino inventado para llegar a tiempo

Lero se autoproclama Rey de la Montaña y, con ese gesto, hace algo más que presentar una canción: inventa un lugar donde la música por fin se escucha como merece. Un reino imaginario en el que el tiempo se detiene, las expectativas se apagan y nadie llega tarde. Durante 1:50 minutos, esa fantasía se vuelve real para cualquiera que alguna vez haya sentido que iba por detrás: porque aunque la montaña no exista, la sensación sí.

El rey de la montaña es el primer adelanto de su nuevo disco y suena a pequeña victoria íntima. Producida por LUKI (BAJOCERO X, Brunne Rommeo, DeTeresa), la canción se construye como un impulso para quienes aún no lo han conseguido, pero siguen creyendo. Y esa fe tiene raíces: Lero viene de Monterrubio de la Serena, un pueblo de apenas 2000 habitantes al sur de Badajoz, y en su música se nota esa mezcla de distancia y cercanía, de mundo pequeño y ambición grande.

Sus canciones son feliztristes: abrazan por dentro mientras dejan una sonrisa en la cara. Como letrista, se mueve entre géneros sin pedir permiso, demasiado indie para los del urbano y demasiado urbano para los del indie. O quizá, simplemente rural, si uno escucha con atención sus raíces. Su universo dialoga con artistas de su generación como Hens, Walls o Barry B, pero también con la escuela del rap (Santiuve, Jaloner, Hoke, Sharif, Mxrgxn, Vito) y con sensibilidades más pop o de autor que van de Phoebe Bridgers o EDEN a Jorge Drexler, pablopablo, guitarricadelafuente, Juancho Marqués o Carlos Ares.

A veces no hace falta conquistar nada: basta con inventar un lugar donde, por fin, el corazón llega a tiempo.

El rey de la montaña es eso: un refugio breve y luminoso para seguir creyendo, aunque sea con ternura y desengaño a la vez.


My Sweet Undivine: cuando el tiempo arrastra todo, pero algo permanece

My Sweet Undivine crea su música lejos de la superficie. En un búnker subterráneo de St. Gallen, aislados del exterior y sin conexión a internet, el trío suizo ha dado forma a un lenguaje propio que mezcla rock electrónico progresivo, tensión emocional y una búsqueda constante de comunidad. Ese contexto no es anecdótico: define una manera de trabajar y de entender la música como refugio y resistencia frente al paso del tiempo.

“IV Ruby: Resonance”, single publicado el 19 de septiembre de 2025, es el cuarto capítulo del EP conceptual RED, previsto para noviembre. La canción gira en torno a la retrospectiva y la pérdida: después de la tormenta queda el vacío, y con él la añoranza de lo que fue. No hay dramatismo impostado, sino una sensación de arrastre inevitable, de corriente que sigue avanzando aunque uno no esté preparado.

Musicalmente, el tema se construye desde el contraste. Pasajes flotantes y casi introspectivos se ven interrumpidos por secciones contundentes de drum’n’bass, guitarras densas y una base rítmica que empuja sin descanso. La rotación constante de instrumentos entre sus tres integrantes y el uso compartido de las voces refuerzan esa idea de ruptura con los roles tradicionales. El clímax llega con la incorporación de un coro de diecisiete voces interpretando un canto popular armenio, ampliando la canción hacia un gesto colectivo y ritual.

Hay músicas que no intentan detener el tiempo, sino encontrar una resonancia común mientras todo sigue moviéndose.

Con “IV Ruby: Resonance”, My Sweet Undivine confirma un proyecto ambicioso y coherente, donde la experimentación no es un fin en sí mismo, sino una forma de seguir conectados cuando todo alrededor parece disolverse.


Acid Smoothie: Empujar el carro bajo la lluvia

Acid Smoothie nunca ha sido un proyecto estático. Detrás del nombre está Paul Dunne, multiinstrumentista que en los últimos años ha publicado música de forma casi compulsiva, repartiendo ideas entre distintos alias y proyectos paralelos. Carts in the Rain, su nuevo álbum, no supone un comienzo desde cero, sino una vuelta consciente a un núcleo creativo que llevaba tiempo pidiendo atención.

El disco, que verá la luz el 3 de febrero de 2026, recupera y regraba canciones nacidas en etapas anteriores, afinándolas desde una perspectiva más clara y madura. Aquí Dunne suena más directo, más crudo y, al mismo tiempo, más seguro de lo que quiere contar. Las canciones mantienen un hilo común marcado por la introspección, la repetición cotidiana y ese esfuerzo constante por pulir las aristas emocionales que definen la vida adulta.

Hay discos que no miran al pasado para quedarse en él, sino para entender qué merece acompañarte cuando sigues caminando.

El título del álbum no es casual. La imagen de empujar carros de la compra bajo la lluvia —una tarea que Dunne ha realizado durante años mientras se movía de ciudad en ciudad— funciona como metáfora perfecta del disco. Trabajo y rutina, pero también libertad, tiempo propio y una cierta poesía escondida en los gestos más mecánicos. Carts in the Rain se mueve en ese equilibrio: entre lo práctico y lo emocional, entre la necesidad de avanzar y el deseo de detenerse a mirar atrás.

Musicalmente, el álbum conecta los distintos caminos recorridos por Dunne en proyectos como Franciscan Honey, spliffolympics, javahead o Cruise Torts. No como collage, sino como síntesis. Todo suena a continuidad, a un mismo relato contado desde ángulos distintos.

Carts in the Rain se presenta así como un ejercicio de memoria y aceptación. Un disco que no busca cerrar etapas, sino reconocerlas antes de dar el siguiente paso. Y todo indica que 2026 será un año decisivo para Acid Smoothie.


The Cradles: fragmentos de vida unidos por el ruido

Con Confused and Meaningless Talk, The Cradles presentan un debut que no pretende ordenar nada. El EP, compuesto por seis canciones, funciona como una colección de instantáneas: pensamientos sueltos, conversaciones extrañas, monólogos internos y momentos capturados sin la intención de cerrar un relato. Más que contar una historia completa, el grupo se dedica a documentar lo que ocurre mientras la vida sigue avanzando.

Esa idea se percibe desde el primer tema. “The Stranger” se abre entre sonidos cotidianos y una voz cruda, casi poseída, que va creciendo hasta estallar en una descarga psicodélica urgente, como si la canción hubiera sido grabada en una sola respiración. En el extremo opuesto aparece “Without You”, una balada indie contenida, sostenida por la repetición y la calma, que demuestra la capacidad de la banda para moverse entre registros emocionales muy distintos sin perder coherencia.

El pulso psicodélico alcanza su punto más alto en “It’s a Pity”, una canción rápida y directa que combina garage rock con experimentación analógica: guitarras invertidas, risas desquiciadas, armonías casi eclesiásticas y un Hammond caótico que refuerza su mensaje vitalista. Frente a ella, “Novruz”, publicado previamente como single, representa el lado más melancólico del EP, con pasajes oníricos y capas de guitarras que evocan una sensación otoñal de despedida y tránsito.

Lo que une todas estas piezas no es un estilo concreto, sino una actitud. The Cradles no buscan decir cómo deberían ser las cosas, sino registrar cómo son en un momento determinado, con todas sus contradicciones y cambios de humor.

Hay discos que no intentan dar sentido al ruido, sino aceptar que, a veces, vivir consiste precisamente en atravesarlo.

Confused and Meaningless Talk se presenta así como un debut sorprendentemente maduro, capaz de capturar una amplia gama de sonidos y emociones sin imponer conclusiones. Un primer paso que apuesta por la curiosidad, la exploración y la honestidad como ejes creativos.


The Songs of Butler & Cupples: cuando la canción importa más que el ruido

The Songs of Butler & Cupples no se presentan como una banda al uso, sino como un espacio creativo donde la canción vuelve a ocupar el centro. El proyecto debuta públicamente con Bad Habits, un single que funciona como declaración de principios: aquí no hay imagen que sostener ni urgencia por competir en el escaparate, solo la voluntad de escribir canciones que aguanten el paso del tiempo.

Bad Habits se abre con una guitarra áspera y directa, de pulso grunge, que marca el carácter del tema desde el primer segundo. A partir de ahí, la canción se despliega con una interpretación vocal intensa y una melodía inmediata que camina entre el pop, el rock y una actitud heredada de los noventa. La producción es actual y cuidada, pero nunca eclipsa lo esencial: el peso emocional de la composición y su tensión interna, siempre contenida.

Detrás del proyecto hay dos compositores con una larga trayectoria en la industria, aunque su presencia haya sido hasta ahora discreta. Sus canciones han acompañado durante años a series de televisión, retransmisiones deportivas y producciones internacionales, y esa experiencia se percibe en la claridad del planteamiento. Bad Habits no busca epatar, sino conectar; no juzga ni subraya, se limita a exponer una emoción con firmeza y sin adornos innecesarios.

La sensación de atemporalidad es uno de los grandes aciertos del tema. Podría haber sido publicado hace una o dos décadas y, al mismo tiempo, encaja con naturalidad en el presente. Esa cualidad responde a una forma de entender la música que prioriza la sustancia sobre la tendencia, la colaboración sobre el foco individual.

Hay canciones que no necesitan llamar la atención: se quedan porque dicen algo reconocible, incluso cuando el ruido alrededor es constante.

Con Bad Habits, The Songs of Butler & Cupples inauguran un proyecto pensado para durar. Un primer capítulo que reivindica la canción como refugio, como punto de encuentro y como recordatorio de que, cuando está bien escrita, todavía puede hablar por sí sola.


Rude Mood: cuando pensar distinto empieza a incomodar

Rude Mood nace en Zúrich, pero su sonido podría haber salido de cualquier sótano donde el volumen sirve para liberar presión. Formada entre amplificadores ruidosos, repetición y rutina, la banda construye un rock directo y contenido, con guitarras protagonistas, ritmos firmes y un trasfondo blues que asoma entre las grietas. No hay ornamento innecesario: todo está pensado para sostener una sensación de tensión constante.

Su nuevo single, Question, se sitúa precisamente en ese punto de incomodidad. La canción gira en torno a la presión por encajar y al malestar que aparece cuando alguien decide pensar de otra manera. No plantea soluciones ni discursos cerrados; se limita a insistir en la duda, a rodearla una y otra vez hasta que resulta imposible ignorarla. La repetición no es un recurso formal, sino parte del mensaje: así funciona la rutina cuando empieza a pesar.

Musicalmente, Question avanza despacio, apoyada en un groove controlado y una estructura contenida que deja que las guitarras carguen con el peso emocional. Nada se acelera ni se exagera, y esa contención refuerza la sensación de inquietud. El tema se mueve con naturalidad entre referencias al rock alternativo y al blues rock, sin perder una identidad propia marcada por la sobriedad y el pulso constante.

Hay canciones que no buscan respuestas, solo quedarse en la pregunta el tiempo suficiente como para que deje de ser cómoda.

Rude Mood parece más interesada en observar que en señalar. Sus canciones hablan del desgaste cotidiano, de la frustración silenciosa y de esos momentos en los que algo empieza a resquebrajarse sin hacer ruido.

Con Question, Rude Mood firma un tema tenso y honesto, que confirma a la banda como una propuesta sólida dentro del rock contemporáneo, capaz de transformar la rutina y la duda en un lenguaje propio.


Xavier Tristan: cantar la herida sin levantar la voz

Xavier Tristan escribe canciones desde un lugar cercano y reconocible. Afincado en Barcelona, su universo musical se mueve entre el pop rock, el indie rock y una sensibilidad claramente de cantautor, donde la emoción importa más que el artificio. Sus composiciones avanzan despacio, apoyadas en melodías íntimas y producciones atmosféricas que dejan espacio a la palabra y al silencio.

“Destrozado”, una de las piezas centrales de su álbum Un Paso Más, aborda un momento de ruptura personal sin dramatismo exagerado. La canción no busca el impacto inmediato, sino acompañar ese instante en el que algo se rompe por dentro y cuesta recomponerse. Forma parte de un conjunto de temas que dialogan entre sí, construyendo un relato coherente sobre el desgaste emocional, el aprendizaje y la necesidad de seguir avanzando incluso cuando no todo está resuelto.

Musicalmente, Xavier Tristan opta por una contención consciente. Las guitarras y los arreglos crean un clima envolvente, casi confesional, donde la voz se sitúa en primer plano como hilo conductor de la historia. Esa cercanía es una de sus principales virtudes: las canciones no se imponen, se ofrecen, dejando que cada oyente encuentre su propio reflejo en ellas.

Un Paso Más no funciona como una colección de singles aislados, sino como un recorrido emocional. Cada tema suma una capa, un matiz distinto, reforzando la idea de proceso y crecimiento que atraviesa todo el proyecto.

Hay canciones que no intentan curar la herida, solo quedarse a su lado el tiempo suficiente para que deje de doler tanto.

Con su propuesta, Xavier Tristan confirma una forma de entender la música basada en la honestidad y la emoción directa. Canciones que no levantan la voz, pero que se quedan, porque hablan desde un lugar profundamente humano.


Rhett Repko: aprender a soltar cuando el teléfono no suena

Rhett Repko escribe desde ese espacio nocturno donde los pensamientos se repiten y el silencio pesa más de lo que debería. Bad at Love captura con precisión ese momento en el que la espera se convierte en rutina: mirar el móvil una y otra vez, sabiendo que la llamada probablemente no llegará. No hay dramatismo exagerado, sino una ansiedad contenida que se arrastra durante toda la canción hasta desembocar en una aceptación tan incómoda como necesaria.

El tema se construye alrededor de un estribillo casi ritual, donde distintas formas de esperar se enumeran como si fueran intentos de convencerse a uno mismo. Poco a poco, la canción deja claro su núcleo emocional: no todo el mundo sabe amar de vuelta, y reconocerlo también forma parte del proceso de duelo. Esa idea atraviesa la letra sin cinismo, con una vulnerabilidad directa que evita la autocompasión.

Hay canciones que no intentan curar el desamor, sino acompañarte hasta que aceptar la verdad deja de doler tanto.

En lo sonoro, Bad at Love se mueve entre el synth pop y el alt-pop con una clara influencia ochentera. Sintetizadores oscuros, líneas de bajo pulsantes y una producción cargada de reverberación construyen una atmósfera inquieta, casi cinematográfica. Todo parece diseñado para reflejar ese estado mental circular, como caminar de un lado a otro en una habitación mientras el tiempo se estira.

Con Bad at Love, Rhett Repko firma una pieza honesta y nocturna, pensada para escucharse a solas, cuando las emociones suenan más alto y no queda otra opción que escucharlas.

La voz de Repko se sitúa en primer plano, cercana y emocional, reforzando la sensación de intimidad. La canción no busca un clímax explosivo, sino mantener esa tensión constante entre esperanza y rendición, un equilibrio frágil que define buena parte de las rupturas silenciosas.


Dexter Flew: preguntas abiertas en un mundo que ya no se explica solo

Dexter Flew no parece una banda interesada en ofrecer respuestas cómodas. Desde su formación en Reino Unido, el grupo ha construido un discurso musical que se mueve entre la observación afilada y la emoción sin filtros. Su segundo álbum, Who, Where, Why?, publicado a finales de 2025, funciona como una declaración de principios: un recorrido de doce canciones que atraviesan sufrimiento y celebración con la misma honestidad, sin esconder las grietas del presente.

El disco mira hacia épocas pasadas del rock alternativo sin quedarse atrapado en ellas. Hay guitarras reconocibles, teclados emotivos y una voz que oscila entre lo inocente y lo inquietante, creando una sensación constante de tensión emocional. Who, Where, Why? no se escucha como una colección de canciones sueltas, sino como un viaje que invita a detenerse, a volver atrás y a replantearse lo que se acaba de oír.

Dentro de ese universo, The Well destaca como uno de los momentos más introspectivos del álbum. La canción arranca desde una oscuridad cercana al darkwave, con ecos de los primeros años ochenta, para ir transformándose poco a poco en algo más cálido y expansivo. Lo que comienza como un retrato de agotamiento espiritual y aislamiento acaba encontrando cierto alivio en una deriva más melódica, casi onírica, donde la guitarra abre un espacio de respiro sin negar lo anterior.

Hay discos que no buscan distraer del malestar, sino acompañarlo el tiempo suficiente como para entenderlo.

Dexter Flew no huye de la melancolía ni del desencanto, pero tampoco se recrea en ellos. Su música funciona como un espejo incómodo que devuelve preguntas sobre identidad, conexión y pérdida, justo en un momento donde muchas certezas parecen haberse agotado.

Con Who, Where, Why?, Dexter Flew firma un trabajo valiente y emocionalmente lúcido, pensado para quienes aún buscan algo real en medio del ruido. Una banda que no teme mirar hacia atrás ni hacia dentro si eso significa avanzar con más conciencia.


Pedro Dafonte: aprender a quedarse quieto sin rendirse

En Perfect Days, Pedro Dafonte firma una canción que no busca respuestas rápidas ni salidas luminosas. El tema se mueve en ese espacio incómodo donde crecer no significa avanzar, sino asumir que el mundo adulto no siempre ofrece un lugar habitable. Desde ahí, la canción se construye como una confesión serena, cruda y sin dramatismo impostado, poniendo palabras a una sensación generacional de cansancio y desencanto.

La letra transita entre la nostalgia de lo que fue, la frustración del presente y la necesidad de encontrar pequeños refugios para seguir adelante. “Sí, sí, me estanqué / nado en aguas más calmadas” no suena aquí a derrota, sino a una forma consciente de resistencia. Frente a una ciudad hostil y una rutina que promete estabilidad a cambio de renuncia emocional, Perfect Days propone la imaginación, la música y el espacio creativo como últimos lugares donde el tiempo todavía puede moldearse con libertad.

Musicalmente, el tema se apoya en un rock directo y contenido, al servicio del texto y de la interpretación. No hay exceso ni artificio: todo parece orientado a sostener esa voz interior que observa el mundo con lucidez, pero sin cinismo. Pedro Dafonte no idealiza el pasado ni ofrece soluciones claras; se limita a señalar una grieta y quedarse ahí el tiempo suficiente para que otros puedan reconocerse.

Este single consolida una manera de escribir centrada en lo cotidiano y lo emocional, donde la honestidad importa más que el optimismo forzado. Perfect Days no promete días mejores, pero sí la posibilidad de hacerlos soportables desde un lugar propio.

Hay canciones que no te empujan a moverte, sino que te recuerdan que quedarse quieto también puede ser una forma de cuidar lo que importa.

Con Perfect Days, Pedro Dafonte reafirma una voz personal dentro del rock en español, construida desde la intimidad, la observación y la necesidad de seguir creyendo en los pequeños refugios.


Lol y Los Pícaros: correr hacia el incendio como forma de libertad

La historia de Lol y Los Pícaros no avanza en línea recta. Es una trayectoria sinuosa, marcada por cambios, búsquedas obsesivas y una necesidad constante de afinar el golpe. Fundados en París en 2022, el grupo asumió desde el inicio una identidad doble: guitarras distorsionadas de rock vintage, heredadas de The Sonics, y el pulso salvaje del rock hispánico. Entre la urgencia del garage y una escritura que alterna inglés y español, su música se afirma como un territorio de rebeldía sin pulir.

Lol y Los Pícaros no persiguen la complacencia. Su sonido es crudo, directo y pensado para el directo, para ese instante en el que el caos deja de ser ruido y se transforma en trance colectivo. Sus canciones hablan de revuelta y abandono, de caída libre y de luz intermitente. De los himnos febriles como Chicas Sucias a las baladas oscuras como The Light And The End, todo parece diseñado para arder sobre el escenario.

Ese espíritu alcanza uno de sus puntos más intensos en Paris’ Burning. Más que una canción, es una carrera contra el derrumbe, una ciudad en llamas convertida en cuerpo, deseo y resistencia. No hay postal ni romanticismo: solo urgencia, piel contra piel y la certeza frágil de que incluso en medio del incendio algo puede salvarse. Escrita para el directo, la canción cobra sentido cuando voces, guitarras y cuerpos se funden en uno solo.

Con letras que cruzan idiomas y referencias, Lol y Los Pícaros trascienden la escena parisina. Sus riffs polvorientos evocan los bajos fondos de Londres, los clubes madrileños y los bares clandestinos de México, siempre con un pie en el pasado y otro en la urgencia del presente.

Hay bandas que no huyen del fuego: aprenden a correr dentro de él para no desaparecer.

Lol y Los Pícaros se sitúan ahí, en ese lugar donde amar se vuelve un acto de resistencia y la música, una forma de seguir avanzando aunque todo alrededor arda.


Atomsmasher: velocidad, control y ruido bien dirigido

Atomsmasher regresan desde Nueva York con Cartoon Violence, un single que no pierde tiempo en presentaciones. Publicado el 30 de enero de 2026, el tema avanza rápido y golpea fuerte, apoyado en una energía punk que se canaliza a través de una producción moderna y precisa. No hay caos desbordado, sino una agresividad bien medida, pensada para impactar sin perder claridad.

La canción se construye sobre contrastes claros. Estrofas tensas, voces distorsionadas y giros afilados desembocan en estribillos amplios y pegajosos, donde la intensidad se libera sin descontrolarse. Ese juego entre lo duro y lo melódico es una de las señas de identidad del grupo, que vuelve a mostrar su habilidad para equilibrar fuerza y estructura.

Formados en New Rochelle, Atomsmasher siempre han habitado ese espacio intermedio entre el empuje melódico y la inquietud constante. Liderados por el guitarrista y vocalista Ed Erenberg, su sonido se apoya en capas de guitarras, armonías trabajadas y canciones que buscan impacto directo sin renunciar al detalle. Tras un largo periodo de silencio, este nuevo lanzamiento suena a reencuentro con su núcleo creativo, pero con una energía renovada.

Cartoon Violence funciona tanto en directo como en escucha individual. Está pensada para escenarios y auriculares por igual, manteniendo esa tensión controlada que empuja al oyente sin saturarlo. Es una canción concisa, enfocada y consciente de lo que quiere ser.

Hay canciones que no buscan sorprender, sino recordar lo efectivo que puede ser un golpe bien dado en el momento justo.

Con este regreso, Atomsmasher demuestran que su lugar sigue estando ahí: en el cruce entre potencia, melodía y una urgencia que no ha perdido filo. Un single que no abre una etapa con grandes discursos, sino con volumen y decisión.


Jbryan: canciones nacidas sin plan, sostenidas por el placer de hacerlas

Jbryan no llega a la música desde una estrategia ni desde una formación académica, sino desde el impulso. Autodidacta, comenzó a escribir canciones durante el confinamiento, casi como una forma de ocupar el tiempo y canalizar la incertidumbre. Primero llegaron la batería y la guitarra; después, sin demasiadas explicaciones, empezó a producir canciones completas simplemente porque disfrutaba del proceso.

Ese origen sin expectativas sigue marcando su manera de crear. Desde Florida, tras haber crecido en el Medio Oeste estadounidense, Jbryan construye un pop relajado y cercano, apoyado en melodías ligeras y letras que combinan imaginación y cotidianidad. Sus canciones no buscan deslumbrar, sino acompañar: hablan de emociones reconocibles, pequeñas escenas y pensamientos que cualquiera podría haber tenido alguna vez.

Hay algo deliberadamente accesible en su propuesta. La producción no abruma, las melodías fluyen con naturalidad y la voz se mueve con una calma que invita a escuchar sin prisa. Jbryan parece más interesado en conectar que en demostrar, en compartir una sensación antes que en imponer un discurso.

Ese equilibrio entre lo creativo y lo familiar es, quizá, su mayor fortaleza. Sus canciones funcionan porque no pretenden ser más grandes de lo que son: piezas honestas, hechas desde el disfrute y la curiosidad.

A veces la música más sincera nace cuando nadie espera nada de ella, ni siquiera quien la está haciendo.

Jbryan sigue avanzando desde ese lugar: componiendo por gusto, dejando que las canciones encuentren a su público sin forzar el camino. Un proyecto que recuerda que, en ocasiones, empezar por diversión es la forma más honesta de tomarse la música en serio.


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Totana, 1984. Crecí entre cassetes de los Pecos y Fórmula V. Mis oídos se curtieron a base de Rap, Rock, Shoegaze o Metal, y me muevo sin problema del Indie a la copla o del Thrash a la clásica. Al final, no importa el género: lo que cuenta es que la canción merezca la pena. Formo parte del sello murciano La Semilla Mgmt, donde trabajo como consultor y social media, ayudando a grupos emergentes a crecer y a darle chispa a su comunicación digital. Mi otro yo se dedica al marketing y también escribe: publiqué dos novelas, La luna roja de Siberia y Omega, el ángel caótico. Soy fan declarado de la peor ciencia ficción, devoro pelis de serie Z y colecciono vinilos de forma compulsiva: de Nino Bravo a Marilyn Manson. Para mi madre, sigo siendo “un caso perdido”